El Mundial de fútbol (o «soccer», como se le dice en EE. UU.) debería ser una de las grandes celebraciones de la humanidad. Durante un mes, gente de todos los continentes sigue los mismos partidos, discute sobre las mismas decisiones arbitrales cuestionables y comparte la alegría de la victoria y la decepción de la derrota. El fútbol se juega en todo el mundo, y lo practican todos, desde los niños en los patios de la escuela hasta los profesionales en los estadios. Pocas cosas unen a tanta gente como el Mundial.
Sin embargo, ahora que empieza este torneo de 2026, es difícil ignorar que un evento que se supone debe unir al mundo se ha caracterizado, sobre todo, por la exclusión.
Los hinchas de muchos países han tenido que enfrentar enormes obstáculos para poder asistir. Las restricciones de viaje y las denegaciones de visa se han vuelto algo habitual en este Mundial. Uno de los ejemplos más claros fue el del árbitro somalí Omar Artan, quien había sido seleccionado para arbitrar en el torneo, pero a quien se le negó la entrada a Estados Unidos. A un árbitro del Mundial se le impidió asistir al Mundial. Y, como Irán no se rindió cuando Estados Unidos e Israel le declararon la guerra hace tres meses, Estados Unidos pospuso la emisión de visas para los atletas, entrenadores y personal de apoyo de Irán. Aunque al final se concedieron la mayoría de esos visados, a parte del personal de apoyo se le dejó fuera de la lista. Irán se vio obligado a trasladar las instalaciones de entrenamiento de su selección durante el torneo de Estados Unidos a México. El gobierno de Estados Unidos también obligó a última hora a la FIFA (Fédération Internationale de Football Association o Federación Internacional de Fútbol Asociación) a eliminar la cuota de boletos de Irán para los partidos. ¡Esto no se puede inventar!
Más allá de la política migratoria, intentar asistir a un solo partido del torneo se ha vuelto prácticamente imposible para los aficionados comunes. Los precios de las entradas han alcanzado niveles inalcanzables para la clase trabajadora. Lo que debería ser una celebración abierta a todos ahora se trata como un producto de lujo.
Esta lógica de ganancias se extiende a cada rincón del torneo. La FIFA usa un sistema de precios dinámicos, que permite que los precios de las entradas suban según la demanda. Pero no se queda ahí. Incluso las medidas introducidas para proteger a los jugadores del calor extremo se han convertido en oportunidades para las cadenas de televisión y los patrocinadores. Las pausas para hidratarse ahora vienen acompañadas de publicidad adicional. Dondequiera que haya una multitud o una audiencia televisiva, alguien está buscando la manera de sacar provecho de ello.
Y no son solo los aficionados quienes asumen los costos. Los trabajadores han expresado su preocupación por las condiciones laborales. Las ciudades anfitrionas y los gobiernos gastan sumas enormes en infraestructura, transporte y seguridad, mientras que la FIFA se queda con las ganancias. Una vez más, los beneficios se concentran en unos pocos, mientras que los costos se reparten entre el público.
Nada de esto es nuevo. Si tienes un poco de amor y conocimiento por el fútbol, ya sabes la fama de corrupción que tiene la FIFA. Además, los gobiernos llevan mucho tiempo usando este torneo con fines políticos. La Italia fascista usó la Copa del Mundo de 1934 para promover el régimen de Mussolini. En 1978, la dictadura militar argentina la usó para encubrir su brutal «Guerra Sucia» de los años 70 y 80. Más recientemente, Rusia y Catar usaron la Copa del Mundo para tratar de proyectar una imagen positiva ante el mundo.
Pero algo parece haber cambiado en 2026.
Los anfitriones anteriores, por lo general, querían que el torneo los hiciera parecer acogedores y abiertos. Querían que el mundo viera estadios modernos y un ambiente amigable, incluso cuando detrás de escena existían la represión, la explotación y la desigualdad. El espectáculo tenía como objetivo distraer la atención de esas realidades.
Este Mundial se siente diferente. Ya no hay más máscaras. Las exclusiones y restricciones son evidentes. Hay menos esfuerzo por disimular la especulación, y el mensaje parece ser cada vez más: estas son las reglas, acéptalas. A los aficionados se les dice abiertamente que acepten los precios cada vez más altos. Las restricciones de viaje se tratan como algo normal, y las duras medidas de seguridad se presentan como sentido común.
Todo esto muestra no solo la comercialización de larga data del fútbol, sino también un clima político en el que la clase dominante no cree necesario justificarse y se siente cómoda simplemente imponiendo sus condiciones.
A pesar de todo esto, es difícil apartar la mirada. Porque para muchos de nosotros, el fútbol no es solo un producto, es un juego que aprendimos de nuestros papás y jugábamos de niños con nuestros amigos y vecinos. Trae recuerdos y un sentido de conexión que no se puede reducir a los precios de las entradas o a los contratos de televisión. A miles de millones de personas todavía les importa porque sienten que el fútbol les pertenece. Pero un torneo organizado bajo un sistema impulsado por las ganancias y el poder no puede escapar de la lógica de ese sistema. Por eso, incluso una de las mayores celebraciones de la humanidad termina reflejando un mundo marcado por las fronteras, la exclusión y la desigualdad.
