El mes pasado, una exalumna de la Universidad de Cornell, en Nueva York, presentó una demanda en la que alega que, en 2024, siete hombres que eran miembros de una fraternidad del campus la drogaron y la violaron. Según los informes, los hombres la obligaron a inhalar ketamina varias veces mientras la violaban, y enviaron un mensaje grupal a su fraternidad —que tenía 57 miembros— para que se unieran. Ninguno de ellos denunció el incidente a la policía.
Semanas después del incidente, la sobreviviente, conocida como «Jane Doe» en la demanda, denunció la agresión ante la universidad y la policía del campus. En respuesta, la universidad llevó a cabo una investigación que terminó con la expulsión de solo dos de los hombres, mientras que a los demás simplemente los suspendieron y les hicieron escribir ensayos reflexionando sobre sus acciones. La fiscal de distrito local de ese entonces también se negó a presentar cargos penales contra ninguno de ellos, a pesar de que en su denuncia inicial ante la policía ella dijo claramente: «Puedo decir con 100 % de certeza que me violaron».
La experiencia traumática obligó a Jane a abandonar la universidad, mientras que a cinco de los siete hombres que la agredieron se les permitió seguir con sus estudios. En septiembre de este año, presentó una demanda contra la universidad y los hombres.
Esta historia confirma lo que las mujeres y las sobrevivientes ya saben: la violencia sexual en este país es constante. Una de cada cinco mujeres es violada a lo largo de su vida. En las universidades de todo el país, una de cada cinco estudiantes universitarias dice haber sufrido una agresión sexual durante sus años en el campus, y la mayoría de estas agresiones no se denuncian, algunas precisamente por miedo a que pase lo mismo que en Cornell. La propia encuesta a estudiantes de Cornell, publicada en noviembre de 2025, reveló que el 35 por ciento de las estudiantes de pregrado reportaron haber sufrido una agresión sexual durante su estancia allí.
La forma en que se manejó esta investigación muestra cómo quienes están en el poder minimizan las experiencias de las mujeres. ¿Y cuántas veces se ha repetido una historia como esta en los campus de élite? Los jóvenes de universidades de élite como Cornell suelen ser hijos de gente adinerada, que tienen poder y contactos financieros que les permiten salir de cualquier problema. Pueden tratar a las mujeres de esta manera sin enfrentar ninguna consecuencia.
Esto refleja cómo funciona la sociedad fuera de los campus universitarios. Fíjate en la red de Epstein: las élites adineradas pudieron traficar sexualmente con niñas durante años porque tenían dinero, contactos y protección. Y los depredadores como los de los «Archivos de Epstein» no surgen de la nada; estudian en escuelas de élite para ricos como Cornell. Se crían en un mundo donde creen que su riqueza y poder les permiten hacer lo que quieran.
Cornell ha aplicado castigos más severos a los estudiantes activistas pro-Palestina que a los acusados de violación. Desde que empezó el genocidio en Gaza en octubre de 2023, Cornell ha suspendido y expulsado a estudiantes del campus por participar en protestas pacíficas contra el genocidio de Israel. El rector de Cornell incluso ha atropellado con su auto a manifestantes pro-Palestina en el campus. A los ojos de Cornell, protestar contra el genocidio te lleva a la expulsión, mientras que una agresión sexual solo te da una tarea de redacción extra. Vemos estas mismas prioridades en las universidades de élite de todo el país.
La cultura de dominio masculino que permite esta violencia está en todas partes. Pete Hegseth, el secretario de Guerra, ahora está promoviendo pruebas de testosterona en las fuerzas armadas. En vallas publicitarias, revistas, comerciales, programas de televisión y películas, se usan cuerpos de mujeres casi desnudos para vender de todo. Los publicistas y las empresas de moda se lucran con los cuerpos de las mujeres. Los hombres absorben estos mensajes diarios y se les anima a ver a las mujeres como objetos en lugar de como seres humanos dignos de respeto.
Vivimos en una sociedad dominada por los hombres que valora más la vida de los hombres que la de las mujeres, una sociedad que acepta e incluso fomenta la violencia contra las mujeres. Pero aunque los hombres son, en su gran mayoría, los agresores, las raíces de esta epidemia van mucho más allá de los hombres como individuos. Vivimos en una sociedad donde el desprecio por la vida humana es normal y se da por sentado, donde los trabajadores deben vender su trabajo a las empresas solo para sobrevivir, y donde las empresas nos explotan y nos desechan. Los jefes que dirigen esta sociedad siempre han usado la discriminación —ya sea por género, raza, etnia o religión— para dividirnos y proteger su control.
Pero si nos organizamos juntos, podemos cuidarnos unos a otros. Podemos unirnos para castigar y detener a los depredadores sexuales. En última instancia, la lucha para acabar con la violencia contra las mujeres y lograr la igualdad para ellas es, al mismo tiempo, una lucha para construir una sociedad diferente, una en la que todas las personas, hombres y mujeres, tengamos control sobre nuestros propios cuerpos y nuestras propias vidas, y dirijamos colectivamente la sociedad en función de nuestros propios intereses.
